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viernes, 21 de mayo de 2021

Los 4 pilares de una recuperación resiliente para todos

 Hasta este momento, más de 1 millón de personas han perdido la vida por la COVID-19 y más de 35 millones se han contagiado. En cada lugar del mundo, las personas más pobres son las que más sufren y, según el informe La pobreza y la prosperidad compartida  publicado recientemente por el Banco Mundial, se estima que este año aumentará la pobreza extrema mundial, algo que sucedería por primera vez en una generación.

Tan solo en 2020, la pandemia podría aumentar drásticamente la cantidad de personas que viven en la pobreza extrema; el incremento, de hecho, podría ser de entre 88 millones y 115 millones.  Este es el peor revés que hemos sufrido en nuestra lucha por poner fin a la pobreza. Además, el impacto de la COVID-19 no solo se observa en las personas extremadamente pobres: los confinamientos y el cese repentino de varias actividades económicas y de la movilidad han tenido un efecto mayor que las crisis anteriores. Es probable que los “nuevos pobres” sean personas de zonas urbanas, que hayan recibido educación y que trabajen en los sectores de servicios informales y manufacturas, en vez de la agricultura, y que los países de ingreso mediano se vean afectados considerablemente. Las mujeres también pueden resultar más perjudicadas, ya que tienen el doble de posibilidades que los hombres de perder su empleo, de cargar con el peso de los cuidados familiares durante el confinamiento y de “saltarse comidas” como respuesta a la caída de los ingresos.

En el informe también se analizan las tres “C” que impulsan esta situación adversa. Si bien la COVID-19 constituye la amenaza más reciente, el conflicto y el cambio climático han desacelerado la reducción de la pobreza durante años  y, si no se abordan, incidirán negativamente en las posibilidades de alcanzar nuestra meta de 2030. Por ejemplo, en Oriente Medio y Norte de África, las tasas de pobreza extrema prácticamente se duplicaron entre 2013 y 2015, y luego de nuevo entre 2015 y 2018, a raíz de los conflictos registrados en Siria y Yemen. Si bien 37 de los Estados frágiles y en conflicto conforman el 10 % de la población mundial, constituyen el 40 % de la población pobre del mundo. Si no se hace algo al respecto, el cambio climático podría llevar a la pobreza a entre 68 millones y 132 millones de personas para 2030, lo que constituiría una amenaza particularmente grave para los países de África al sur del Sahara y Asia meridional. Estos son los lugares críticos donde se concentra la mayor parte de los habitantes pobres del mundo.

Tenemos ante nosotros una evaluación cruda y basada en las pruebas, que pone de manifiesto los desafíos y las esferas a las que se debe dar prioridad con medidas rápidas y de magnitud para ayudar a los cientos de millones de personas que más lo necesitan. Pongámonos en el lugar de Shona Banu Begum de Bangladesh, que tiene 55 años y vive con su hijo, su nuera y sus dos nietos. Ella trabajaba en un horno de ladrillos y su hijo no puede realizar tareas pesadas debido a un problema cardíaco. Pero la pandemia y un ciclón que pasó recientemente le arrebataron las oportunidades de trabajo, lo que puso a la familia en dificultades para hacer alcanzar el dinero.

Otro ejemplo es el de M’Balu Tucker, una estudiante de 17 años de una aldea de Sierra Leona, país que sale de un conflicto. Ella también participa en un programa de asesoramiento financiado por la Corporación Financiera Internacional (IFC) que tiene como objetivo enseñar a las niñas a fabricar jabón como medio de subsistencia y proteger a las comunidades del coronavirus. “Cuando crezca, quiero trabajar en un banco y ayudar a los miembros de mi familia. Quiero hacer que llegue dinero a mi país y ayudar a la gente”, dijo. Todos debemos trabajar juntos para que los estudiantes como ella puedan alcanzar su potencial y contribuir a la recuperación de sus comunidades.

Por lo tanto, con ocasión del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, debemos comprometernos a redoblar nuestros esfuerzos y entrar en acción para hacer frente a la crisis  y acelerar los avances para completar el programa de desarrollo inconcluso.

El modo en que el mundo responda a la crisis tendrá un impacto directo en las vidas de personas como Shona y su familia, M’Balu y millones más. Pero mientras la pandemia plantea desafíos específicos, la historia muestra que el mundo puede superar crisis aparentemente insalvables cuando todos cooperan y trabajan en coordinación. La reducción constante de la pobreza extrema durante los últimos 25 años es un ejemplo claro de lo que puede lograr la comunidad mundial si trabaja unida.

"La reducción constante de la pobreza extrema durante los últimos 25 años es un ejemplo claro de lo que puede lograr la comunidad mundial si trabaja unida"   

Como parte de nuestra respuesta a esta convergencia inusual de COVID-19, conflicto y cambio climático, la primera prioridad debe ser salvar vidas y restaurar los medios de subsistencia. Algunas de las políticas necesarias para lograr esto ya se están aplicando, como los sistemas de protección social: hasta el momento, más de 55 países —incluidos Brasil e Indonesia— han avanzado rápidamente para ampliar los programas de transferencias monetarias de Gobiernos a personas. En otros casos, podemos ayudar a los países a diseñar una respuesta específica para sus necesidades: en Haití (i), por ejemplo, el Banco Mundial ha proporcionado financiamiento para mejorar las pruebas y los tratamientos médicos, así como para prevenir la inseguridad alimentaria mediante la protección de la producción agrícola.

No obstante, si el objetivo es garantizar una recuperación resiliente para todos, el mundo también debe continuar abordando desafíos de desarrollo sistémicos.  Aunque nos podemos sentir abrumados por los obstáculos que tenemos por delante y estemos atravesando una zona de incertidumbres y situaciones desconocidas, debemos avanzar y reconocer la necesidad de ser flexibles y adaptar nuestros enfoques, así como corregirnos cuando sea necesario. Esto es lo que estamos haciendo en el Banco Mundial.

En el informe La pobreza y la prosperidad compartida se ofrece una evaluación basada en datos empíricos por región y país, con las prioridades de cada zona y las diferencias entre ellas. Hemos respondido de manera rápida y contundente, con fondos y actividades de conocimientos que orientan las políticas de respuesta de nuestros países clientes, a fin de poner en marcha programas de alivio sanitario y económico de emergencia. Hasta la fecha, hemos extraído cuatro conclusiones interconectadas, que ojalá sirvan para ayudar a definir mejor y acelerar nuestra acción colectiva —del Banco Mundial, los Gobiernos, los asociados y las partes interesadas— de cara al futuro.

  1. Ampliar el aprendizaje y mejorar los datos: en medio de la incertidumbre desatada por la COVID-19, los Gobiernos y sus asociados tienen que encontrar respuestas eficaces rápidamente y ampliar su escala. Los países deben aprender sobre la marcha y compartir los resultados apenas se produzcan, mediante el registro, la organización y el intercambio de datos abiertamente. Esto genera confianza en el público y favorece la innovación y la implementación de políticas adecuadas. Poner datos de alta calidad a disposición de todos siempre es importante, pero especialmente en épocas de crisis. También contribuye a identificar mejor a los beneficiarios, determinar los tipos de programas necesarios para garantizar que se incluya a los grupos vulnerables (como las mujeres) y evaluar si los programas son eficaces.
  1. Cerrar la brecha entre las aspiraciones y los logros en materia de políticas: muy a menudo se produce una brecha entre las políticas formuladas y los logros en la práctica; lo mismo se replica entre lo que esperan los ciudadanos y lo que experimentan a diario. Se debe prestar atención no solo a diseñar las políticas adecuadas sino también a fortalecer la capacidad de los sistemas administrativos encargados de implementarlas. Por ejemplo, hay una oportunidad de fortalecer y adaptar los sistemas de protección social para anticiparse a la próxima crisis —en vez de solo hacer frente a la crisis actual— y mejorar los sistemas de prestación de servicios, como el uso de los pagos digitales.
  1. Invertir en preparación y prevención: la COVID-19, los conflictos y el cambio climático subrayan la necesidad de invertir en medidas integrales de preparación y prevención dentro de los países y más allá de sus fronteras. Un ejemplo de cooperación internacional exitosa es el Sistema de Alerta contra los Tsunamis y Atenuación de sus Efectos en el Océano Índico, que hoy coordina los centros de alerta que inicialmente crearon cinco países —Australia, India, Indonesia, Malasia y Tailandia— por separado después del terremoto y el tsunami de 2004. África, por su parte, se enfrenta a la COVID-19 desde una base más firme gracias a las enseñanzas aprendidas de los brotes de ébola y con la cooperación encabezada por organismos regionales, como el Programa de Mejoramiento de los Sistemas Regionales de Vigilancia de Enfermedades (en África occidental y central) y el Proyecto de Redes de Laboratorios de Salud Pública de África Oriental.
     
  2. Ampliar la cooperación y la coordinación: durante las crisis, la cooperación y la coordinación son vitales para cultivar la solidaridad en las zonas afectadas y garantizar que las decisiones de los Gobiernos sean confiables y creíbles. Como lo han demostrado las respuestas de los países a la COVID-19, a pesar de ser muy diferentes entre sí, hacer hincapié en la cooperación y la coordinación es especialmente importante para garantizar una acción colectiva decisiva desde el comienzo de una crisis. La coordinación y la cooperación deben producirse entre los asociados en el desarrollo y el país en cuestión; dentro del Gobierno en general (Gobiernos nacionales, Gobiernos nacionales y locales), y en el conjunto de la sociedad, los Gobiernos y el sector no gubernamental (sector privado, organizaciones de la sociedad civil y organizaciones comunitarias).

Vía Blog Banco Mundial 

sábado, 1 de mayo de 2021

Dios, patria, hogar !!!

 

¿Una respuesta política nacida desde lo religioso para enfrentar el globalismo financiero y el marxismo cultural?


``Dios, patria, hogar'', proclamaban las leyendas escritas con desafiante pintura negra sobre los paredones encalados del pueblo. A mí y a mis amigos nos causaban gracia y curiosidad, una porque conocíamos a los que las escribían y, a pesar de que ponían cara de malos y usaban tremendo bigote, no nos parecían muy preparados para sostener cualquier desafío, y la otra porque no entendíamos la necesidad de la proclama, tan seguros estábamos de contar con un Dios, una patria y un hogar. Esas seguridades sin embargo iban a durar poco. Casi sin darnos cuenta, entrábamos a la vez a la adolescencia, a la década de 1960 y a una etapa de transformaciones vertiginosas que estremecerían hasta los cimientos esas certidumbres.

¿Cómo podíamos saber, entonces, que Dios sufría desde hacía casi un siglo el ataque encarnizado de la Europa cristiana, y que su muerte ya había sido anunciada como una buena nueva? ¿Cómo podíamos anticipar que la patria sucumbiría bajo la doble agresión de la violencia y el saqueo en las décadas siguientes, las de nuestra juventud y madurez, las décadas en las que la vida para la que nos estábamos preparando debía rendir sus frutos? ¿Cómo podíamos imaginar siquiera que el hogar, la familia, ese reducto último de la certidumbre y el amparo, el lugar del reposo, la alimentación y el abrazo, iba a ser blanco de la metralla que ahora, ante nuestros ojos, hace saltar por el aire sus últimas astillas?

¿Cómo podíamos sospechar que algún día, ante la mirada interrogante de nuestros hijos, sólo íbamos a tener perplejidad y silencio como respuesta? Evidentemente, nuestros amigos de los bigotazos y el pelo aplastado habían olfateado con la debida anticipación algo que nosotros no percibíamos. Y que tampoco, para ser honestos, queríamos percibir, encandilados unos con la conquista del espacio y los avances tecnológicos que probaban la eficacia del capitalismo, obnubilados otros con la revolución cubana y el Concilio Vaticano II, que señalaban el camino inevitable hacia el socialismo y el hombre nuevo.

Ni unos ni otros veíamos en nuestras opciones una amenaza contra Dios, ni contra la patria ni contra el hogar, porque los juzgábamos tan eternos como el agua y el aire, como Borges decía de su ciudad. Y sin embargo, aquí estamos: sin Dios, con la patria hecha añicos y ya casi sin hogar.

NUEVO ORDEN MUNDIAL

La situación en la que hemos caído es resultado de una combinación de factores tan disímiles, dispersos y azarosos que parecería difícil imaginar una conspiración. Podría decirse que si hay una conspiración su origen no es de este mundo, cosa que movería a risa a algunos, pero que otros tomarían muy en serio, especialmente los que creen en la eficacia operativa del demonio.
Sabemos, sin embargo, que hay personas en condiciones materiales e intelectuales de ayudar al azar (o al diablo) y orientar las cosas en determinada dirección. Al fin y al cabo, lo del Nuevo Orden Mundial fue una idea emanada de esas personas y propuesta claramente y con todas las letras, no un invento de las mentalidades conspirativas.

La idea de reordenar el mundo brotó tras la caída del muro de Berlín, que no separaba, como se cree habitualmente, al Occidente capitalista del Este socialista: era en realidad un dique de contención contra los desbordes de uno y otro lado, obligaba a cada bando a preservar una cierta apariencia de virtud.

Cuando el hormigón cayó bajo la presión de las multitudes, lo peor del capitalismo se fundió en un abrazo con lo peor del socialismo, con el que mantenía antiguas y documentadas relaciones, y desde entonces vienen marchando juntos hacia la instauración global de una nueva esclavitud, políticamente totalitaria, como siempre imaginaron los comunistas, y económicamente libertaria, como siempre imaginaron los capitalistas.

La tarea no parecía sencilla. ¿Cómo someter nuevamente a la esclavitud a un hombre al que las mismas élites habían ensoñado desde la Revolución Francesa con las ideas de libertad, igualdad y fraternidad? Personas inteligentes, no tardaron en encontrar una solución simple, económica y orwelliana: cambiar el sentido de las palabras.

Los conspiradores, o el mismísimo demonio, procedieron por etapas: en nombre de la libertad comenzaron por separar al hombre de Dios para privarlo del sentido trascendente de la vida, que lo unía en alabanza y oración al conjunto de los demás hombres y de todo lo creado; después se dedicaron a socavar sus vínculos de pertenencia e identidad, especialmente la patria, pero también el terruño o el barrio, la lengua o la música, en aras de una igualdad global e indiferenciada que excede largamente lo social, incapaz de suscitar identificación, pertenencia o lealtad alguna; ahora, a favor de una fraternidad tan inclusiva como estéril, apuntan con la ideología de género contra la familia, bastión último de anclaje y de sentido para un hombre en trance de ser despojado de todas las ligazones y raíces que necesita para desarrollarse y crecer con cierto grado de salud.

EL VACIO

Este hombre, así desamparado, perdido y angustiado, el hombre que las mentes más lúcidas de Europa vienen describiendo con un sentido de urgencia cada vez mayor, no sabe cómo enjugar su desesperación: las drogas, la promiscuidad, las experiencias extremas, nada le alcanza para cubrir el vacío al que lo han arrojado las consignas de libertad, igualdad y fraternidad en su versión perversa. Ese hombre está listo y predispuesto para recibir, con alivio de náufrago y agradecimiento perruno, el yugo del esclavo. El yugo, claro está, ya no tiene el perfil grosero del madero o el herraje, sino que llega en el suntuoso envase de la tecnología y la modernidad, tan amable y seductor que le resulta irresistible.

Hablemos también de libertad de mercado y derecho de propiedad, palabras cuyo significado se ha trastocado hasta lo irreconocible. ¿Podemos hablar de libertad de mercado cuando toda la economía capitalista se mueve hacia la concentración, cuando cada vez menos personas deciden sobre áreas cada vez más amplias del comercio, la industria, las finanzas y los servicios, cuando cada vez hay menos espacio para el emprendimiento personal, se trate del ejercicio de las profesiones liberales, o de la simple farmacia, ferretería o almacén de barrio? ¿Podemos hablar de derecho de propiedad, cuando el único derecho de propiedad resguardado es el de los bienes materiales pese a que la persona también es dueña de intangibles como su historia, su patria, su religión, su lengua, sus opiniones e incluso su cuerpo, amenazados todos por el poder de coerción del Estado?

ESCLAVITUD

El nuevo orden le recuerda permanentemente al ciudadano su condición de esclavo, cuya supervivencia depende de un amo cuyo rostro ni siquiera conoce, pero al que debe someterse sin chistar si no quiere perder su ciudadanía, que ya no consagra la Constitución, sino una tarjeta de crédito, un alquiler o un abono, puesto que cada vez le resulta más difícil ser propietario de nada. La palabra que mejor define la situación del nuevo esclavo es precariedad: casi nada de su vida está efectivamente bajo su control, todo es transitorio y puede acabarse en cualquier momento, desde el empleo hasta el matrimonio, para usar una palabra realmente anticuada. Especialmente, y uno sospecha que deliberadamente, ya no puede ser propietario de una casa, un cuarto propio, un lugar donde caerse muerto. En cualquier momento puede encontrarse literalmente en la calle.

Sospecho que eso es deliberado, porque hay algo sagrado en la casa propia: Mircea Eliade dice que su construcción replica el gesto creador y fundacional de los dioses, y constituye un eje en torno del cual ordenar el propio mundo y una suerte de eslabón con lo sagrado. En la casa propia, cada hombre funda su propio linaje, y la ocasión suele ser debidamente señalada. Cuando finalizó la construcción del techo de la que sería nuestra casa familiar, mi padre agasajó a constructores y amigos, y en la flamante cumbrera se colocó una rama de pino, según fotografías que pude ver en el álbum familiar. La imposibilidad de tener su propia casa corta el último vínculo del hombre con la divinidad. Asunto que nos lleva de regreso al comienzo de esta nota.

Si se las mira con un poco de atención, todas las acciones del globalismo financiero asociado al marxismo cultural que venimos describiendo son disolventes, como decían los militares respecto del accionar de la izquierda: apuntan a romper o desatar todos los vínculos que anudan al hombre con su Dios, con sus compatriotas, con su familia, para dejarlo aislado, inerme e impotente.


Esta comprobación tiene la virtud de mostrarnos el camino para hacerles frente: propone un plan de resistencia y un programa de acción. Si el propósito de estos conspiradores (o del demonio, vaya uno a saber) es desligar al hombre de sus referencias trascendentes y existenciales, ¿deberíamos responder reparando esas ligaduras, religándolo? ¿Una respuesta política nacida desde lo religioso? Dios para afianzar una patria, patria para levantar un hogar, hogar para formar hombres y mujeres cabales. No hay abuso de retórica ni tampoco mucha novedad en esto: la Argentina que supo enorgullecernos se hizo en gran medida así.-